La calle del Venado
por Eduardo Gómez Haro

Las arrugas de su faz,
de sus canas el reflejo,
dicen que ha llegado a viejo
el buen don Alonso Paz.
Dueño de una alma muy bella,
mas sin oro ni heredad,
en la Angélica Ciudad
nació y morir quiere en ella.
Poco antes que su consorte
se hundiera en la tumba fría,
nació su hija, su Lucía,
doncella de airoso porte.
¡Cuánto la eterna partida
lloró de su compañera!
Sin su amor ¡qué triste era
de don Alonso la vida!
Derramó llanto de fuego,
y al fin, tras tanto pesar,
tal vez de tanto llorar,
el infeliz quedó ciego.
Ya el sol para el pobre anciano
no brillaba, más Lucía
era su sol y su guía
en dolor tan inhumano.
Para calmar ese duelo
anhelaba su alma ansiosa
ver al capullo de rosa
que por hija le dio el cielo
Pero ansia tal fue luz fatua:
sus dos ojos, aunque abiertos,
se hallaban yertos… tan yertos
cual los ojos de una estatua.
La niña, aquel tierno ser,
entre ese martirio horrendo
iba creciendo, creciendo,
para trocarse en mujer.
Alcanzó la adulta edad,
y, bella como ilusión,
inspiró amante pasión
a un joven de calidad.

Rico, mas sin Dios ni ley,
calavera empedernido,
era don Jaime Garrido,
primo hermano del Virrey.
Educado en la opulencia
y perezoso sin par,
en beber y enamorar
pasando iba la existencia.
Quedó prendado nuestro hombre
de la niña angelical,
con un amor terrenal,
no para darle su nombre.
Pues cuando en ello pensaba
el mancebo potentado,
con su orgullo sublevado
de esta manera exclamaba:
—Sólo el pensarlo es demencia;
tal boda no se concilia:
entre una y otra familia
existe gran diferencia.
Aunque mi afecto es tenaz,
no puedo ser su marido;
es poco para un Garrido
una hija de Alonso Paz.
Así juzgaba el doncel
siempre a la niña inocente;
mas a fe que inútilmente:
ella no pensaba en él.

Sólo anhelaba Lucía,
de la virtud claro espejo,
amparar al pobre viejo
que por ángel la tenía.
En sus caricias, arrimo
le daba un dulce calor.
¡Cuánto solícito amor!
¡Cuánto delicado mimo!
Rondando aquella morada
Jaime con asiduidad,
siempre encontró a su beldad
desdeñosa y reservada.
Y al hallar tal resistencia
el despreciado galán,
auxilio pidió a Satán
en contra de la inocencia.
Pues al ver que era ilusoria
su ambición, al triunfo atento,
concibió un modo violento
para lograr la victoria:
No más ruegos dirigir;
no más súplicas hacer;
¡a robar a esa mujer,
y a alegrar el porvenir!
Con harta razón Garrido
se irritó de modo tal,
pues un mísero animal
fue más que él favorecido.

La encantadora doncella
daba cariño y cuidado
a un arrogante venado
que fue creciendo con ella.
Muy niña era todavía
cuando un buen amigo, dueño
del cuadrúpedo, pequeño
dióselo de obsequio un día.
Jugaba alegre con él,
y en infantiles excesos
dejaba sonoros besos
sobre su lustrosa piel.
El pagaba tan ufano
aquel amante tributo,
que, más que insensible bruto,
semejaba un ser humano.
Y era tan excepcional
ese amor y tan marcado,
que Garrido en el venado
llegó a ver casi un rival.
Maduró bien el proyecto
del ya concebido rapto,
y, como el mozo era apto,
llevólo por fin a efecto.

Entró en la casa de Paz
con dos truhanes un día;
el pobre Alonso dormía
libre de pena voraz.
Avanzaron sin demora
y, con aire de amenaza,
pusieron una mordaza,
a la niña encantadora.
Con el sigilo mayor
obraron esos bandidos,
pues del viejo a los oídos
no llegó ningún rumor.
Llevaba en brazos, afuera
la sacaron… nadie oyó;
pero el venado bajó
detrás de ellos la escalera.
Subiéndola en un corcel,
casi exánime, sin vida,
y emprendió veloz huída,
llevándosela, el doncel.
En marcha vertiginosa,
devorando la distancia,
hacia una campestre estancia
conducida era la hermosa;
Hacia la quinta elegante
que poseía Garrido
en sitio ameno y florido,
de la ciudad bien distante.
En esa ciega carrera
el venado iba detrás;
de pronto corría más,
tomando la delantera;
furioso se revolvía,
como estorbando el camino
al infame libertino
que le quitaba a Lucía.

Ante aquel viviente obstáculo
que a don Jaime sin cesar
iba impidiendo llegar
de la ventura al pináculo.
Para librarse del mal
de aquella viviente plaga,
sacó el raptor una daga
para herir al animal.
Pero éste pudo en un vuelo
cerrar el paso al corcel,
el cual tropezó con él
y rodando vino al suelo.
Tan impensada y fatal
fue aquella caída ruda,
que el mismo Jaime la aguda
punta de su áureo puñal.
Clavóse en el corazón.
Ilesa quedó Lucía,
y del raptor la agonía
fue para ella salvación.
Levantóse con presteza
y al punto volvió a su hogar,
pudiendo intacta ostentar,
como siempre, su pureza.
Don Alonso, cual demente,
sufriendo pena prolija,
a gritos llamaba a su hija,
mas llamaba inútilmente.
Por fin la tuvo a su lado,
y le relató Lucía
lo que por ella hecho había
el intrépido venado.
De la calle en que moraban
se extendió la voz ligera
de aquel hecho, y por doquiera
las gentes lo comentaban.
Supo el pueblo historia tal
sin perder ningún detalle,
y dio por nombre a la calle
el de ese noble animal.