La calle del Mesón del Cristo
por Eduardo Gómez Haro

Ocho años han trascurrido
desde que cayó el imperio
de que fué postrer monarca
el indomable Cuauhtémoc.
Se inicia apenas el año
de gracia de mil quinientos
treinta, y en una posada
de pobre y humilde aspecto,
levantada no hace un lustro
en sitio hermoso y desierto,
para que en ella consigan
descanso hallar los viajeros
que al llegar del Viejo Mundo
a las playas de este Nuevo,
necesitan dirigirse
desde el caluroso puerto
de Vera-Cruz a la hermosa
y antigua ciudad de México,
nótase un ir y venir,
un continuo movimiento,
que indica bien a las claras
algún notable suceso. ..
Es que allí desde la víspera
se hallan dos huéspedes nuevos:
el franciscano Toribio
de Benavente, modelo
de cristiana caridad,
varón muy justo y muy bueno,
y don Juan de Salmerón,
oidor de principios rectos,
amante de la equidad
y de la honradez espejo,
que en la noble y alta Audiencia
ocupa un honroso puesto.
Todos anhelan servirles
haciéndoles grato el tiempo
de su permanencia en ese
solitario lugarejo.
Todos les aman, pues saben;
porque hasta allí llevó el viento
con la fama de sus nombres
la relación de sus méritos,
que el padre Motolinía,
nombre cariñoso y tierno
con que al buen fraile conocen,
procura con santo celo
el bienestar de los indios,
que es su defensor acérrimo,
que afanoso su adelanto
busca por todos los medios
y que amigo y padre llámenle
con gratitud todos ellos;
y que el oidor ha sabido
sentar plaza de hombre recto,
desinteresado y probo,
trabajando con empeño,
desde que llegó a esta tierra,
por que los males sin cuento
causados a Nueva España
por Delgadillo y Matienzo,
oidores de la primera
Audiencia, encontraran término.
Lo que desde que llegaron
hacen, parece misterio:
desde que amanece el día
hasta que el sol váse hundiendo,
dibujan, levantan planos,
salen a medir terreno,
y sólo Dios saber puede
cuides serán sus proyectos,
pues en la posada nadie
ha conseguido saberlo,
y entre sí inquieren, preguntan,
amos, sirvientes, viajeros.
Fray Toribio nada dice,
don Juan calla como un muerto,
y a indagaciones curiosas
oponen cauto silencio.
Desespérense los mozos,
las mozas pierden el seso,
y cuando el más atrevido
se aventura hasta el extremo
de preguntar algo al fraile
o al oidor, contestan presto,
Salmerón con evasivas
y Benavente con rezos.

Vive en la misma posada
don Fernando de Aguilar
que fama de militar
bizarro tiene ganada.
Con su valor y la espada
que lleva ceñida al cinto,
sintiendo en marcial instinto
arder su entusiasta pecho,
defender supo el derecho
de su Señor Carlos Quinto.
Cuando, con mortal rencilla,
de insurrección sonó el eco,
y doña Juana Pacheco
alióse a don Juan Padilla,
por el trono de Castilla
él aprestóse a luchar;
corrió valiente a empuñar
el nunca menguado acero,
y al osado comunero
batir supo en Villalar.


Joven, de arrogante porte,
sin miedo al diablo ni a Dios,
de aventuras siempre en pos
vino ha poco de la Corte.
Llegó, y su amoroso norte
en él fijó desde luego
la hija de Maese Diego
el posadero, una chica
que, si en doblones no es rica,
lo es en belleza y en fuego.

Hermosura soberana
que tres lustros cuenta apenas,
y ya siente las cadenas
de la pasión más tirana.
Es una virtud romana;
mas don Fernando, al mirar
a la diosa de ese hogar,
buscando nueva aventura,
rendir pudo su alma pura
diciéndole sin cesar:

-Que siempre tu amor bendito
alegre la vida mía,
pues él, mi gentil María,
más que el aire necesito.
De inmensa pasión el grito
brota formidable en mí;
te adoro con frenesí,
mirarte es mi único empeño,
y sólo vivo, mi dueño,
cuando vivo junto a ti.

A la luz de tu mirada
que me encanta y me fascina,
el placer en mi germina
cuando brilla apasionada.
Sin tí no ambiciono nada,
y todo lo hallo contigo;
nunca la dicha consigo
si no me la das piadosa:
te idolatro como a Diosa;
como a un ángel te bendigo.

Siempre alegre y decidor,
jovial siempre y pendenciero,
al ver tu rostro hechicero
menguar sentí mi valor,
y en tu encanto seductor
quedó prendida mi fe.
Yo, que fama conquisté
en mil locos devaneos
de riñas y galanteos,
ante tí, débil temblé.


En tus brazos la quietud
anhela mi alma afanosa,
y olvidar mi borrascosa
y agitada juventud.
El nombre de la virtud
fué para mí nombre vano;
mi capricho soberano
dique no tuvo ni valla.
¡Así inunda y avasalla
el indómito Océano!

Mas te vi, y esclavo soy,
morir a tus pies ansío.
Paga con tu amor el mío,
y otro seré desde hoy.
Sintiendo en mi ser estoy
germinar un noble anhelo;
mitiga mi amante duelo,
cura esta mortal herida.
¡Es un infierno mi vida!
¡Llévame, por Dios, al cielo!

Así hablaba el capitán
pintando pasión inmensa,
y en la tórtola indefensa
hizo presa el gavilán.
Como va tras el imán
en su obediencia el acero,
así tras el caballero
va la niña enamorada,
ciega, loca, fascinada,
porque este es su amor primero.

Es de noche. Maese Diego,
Salmerón y Fray Toribio,
cenando están, y el segundo
el misterio descorrido
deja al fin de sus proyectos,
y al posadero el motivo
de su viaje explica así:
-Por Dios que el plan es magnífico:
verdad que se necesita
poner en este camino
algo más que esta casucha
que es a veces corto sitio
para contener a todos
los viajeros que aquí mismo
necesitan descansar.
Por eso nuestro Ilustrísimo
Prelado don Sebastián
Ramírez de Fuenleal, digno
presidente de la Audiencia,
levantar ha concebido
aquí una ciudad que sirva
a los viandantes de abrigo,
y llegue a ser, con el tiempo,
de población centro activo.
Y tan sabia decisión
coincidió ¡caso rarísimo!
con un sueño que hace poco
Fray Julián Garcés, Obispo
de Tlaxcala tuvo: dice
que vió un hermoso planío
que un ejército de ángeles
cruzaba en rumbos distintos
construyendo con sus manos
los primeros edificios
de una ciudad, y según
las señas que darnos quiso,
el lugar que vió al dormir
es en todo parecido
a éste, por eso juzgamos
que del cielo fué un aviso.
Nosotros de directores
el encargo recibimos;
ya el terreno con cuidado
tenemos reconocido,
y no faltan muchos días
para que demos, con brillo,
comienzo de fundación
a los trabajos. ¡Dios mío,
haz que logre yo mirar
el fin que tanto codicio,
premiando de esa manera
lo mucho que hemos sufrido!-
-¿Sufrir vosotros?-
-Si tal.
Mil rabiosos enemigos,
a mí y los otros oidores
sus envenenados tiros
nos asestaron ocultos.
¿Y sabeis por qué motivo?
Pues porque nuestro deber
nos impuso el alto oficio
de poner coto a los males
que Matienzo y Delgadillo,
oidores de la primera
Audiencia, habían cometido,
a don Nuño de Guzmán
diabólicamente unidos.
Entre los tres consiguieron,
con sus manejos inicuos,
indignar a esta colonia
que deseaba su exterminio.

En este instante María
entra con paso intranquilo
y señal de intenso espanto
impresa en el rostro lívido,
dando voces, santiguándose,
y haciendo que, por sus gritos,
se interrumpa aquella cena
cuando estaba en su principio.
-¿Qué es esto?- pregunta Diego.
-¿Qué sucede?- a un tiempo mismo
preguntan oidor y fraile,
alzándose de sus sitios.
-¿Qué ocurre? dice Aguilar
que llega al oír el ruido.
¡Es ella! ¡Jesús! ¡Es ella!
-dice la niña -la he visto.
-¿A quién?
-Mirad- y los lleva
a la ventana.
-¡Dios mío!
Y yo que no me acordaba
ya de ese espectro maldito!
exclama el buen Maese Diego;
y bien claro ven los cinco
atravesar por el campo,
de la luna al rayo limpio,
una figura que envuelve
su cuerpo en lienzo blanquísimo;
una mujer que el cabello
a la espalda desceñido
lleva, y que lanza al espacio
desgarradores gemidos,
agudos y penetrantes
como afilado cuchillo.
-¡Aparición más extraña!-
dice al verla Fray Toribio,
y mirando que María
de miedo casi el sentido
pierde, se quita del cuello
un hermoso Crucifijo
de bronce, y al de la hermosa,
mórbido, albo, columbino,
lo cuelga, diciendo:-Toma,
hija, pienso que este Cristo
podrá librarte desde hoy
de espantos y maleficios.
-Es la Llorona-,aterrada
dice la niña-a estos sitios
viene con frecuencia.
-¿Cómo?
pregunta Aguilar con brío.
-¿Acaso os causa pavor
ese fantasma ridículo?
Quiero mostraros que no hay,
cual creeis, aparecidos:
a ver... ¡mi caballo! ¡presto!
En este instante la sigo
y veré qué significan
sus lamentos y suspiros.
A tan gran atrevimiento
oponerse quieren: vivos
ruegos dirigen al joven
pretendiendo disuadirlo
de su empeño, mas Fernando
apura un vaso de vino,
monta en su corcel y vase
sin pedir ajeno auxilio.
Diego quédase pasmado;
don Juan, serio y pensativo;
Benavente pide al cielo
libre a Aguilar de peligros;
y desmáyase María,
pensando que ese capricho
va a dar la muerte a su amante,
y creyendo que, de fijo,
el correr tras los fantasmas
es despeñarse a un abismo.

De ese impenetrable arcano
queriendo rasgar el velo,
va el apuesto castellano,
impulsado por su anhelo,
cruzando el desierto llano.
Del enigmático ser
va sin cesar tras la pista;
sigue a la extraña mujer
sin que la llegue a perder
ni un solo instante de vista.

Por fin, y tras mucho andar,
gimiendo ella sin cesar
llegó con ligera planta
a un cerro que se levanta
bien distante del lugar .

Notando que viene alguno
detrás, en una caverna
que está en la cumbre, se interna,
mas en vano: el importuno
desmonta con ágil pierna,

entra también decidido
en aquél antro escondido,
y ve, a la luz de un brasero,
que la que espectro han creído
dueña es de un rostro hechicero.

De su amante a la morada
don Fernando torna luego;
pregúntale con marcada
curiosidad, pero nada
dice, y está sin sosiego.
Es que cautivo inconsciente
de aquella india la arrogancia
hizo al joven, e impaciente,
devorando la distancia,
corre a verla diariamente.

Supo que su nombre era
Zitlali, mas siempre austera
le rechaza de su lado.
El mozo está enamorado;
ella, indiferente y fiera.

Y la india tanto a Aguilar
cegó, que éste al fin menguar
siente el amor que tenia
a la inocente María,
flor de perfume sin par.

Una noche en que, tornando
a seguirla diligente,
alcánzala el mozo ardiente,
entre Zitlali y Fernando
hay el diálogo siguiente:

_¡Ah! Tu color y tu traje,
castellano, te delatan.
Sí, tú eres de los que matan
haciendo a mi patria ultraje;
de los viles que mi hogar
trocaron en duelo y ruina.
- Nunca incendia ni asesina
don Fernando de Aguilar.
- ¡Mientes!
-(¡Su rostro es divino!)
-El corazón me lo dice.
Ya mi patria te maldice;
yo, Zitlali, te abomino!
Escúchame, Hubo un día
en que al ronco son de guerra
una flota hacia esta tierra
su raudo vuelo emprendía.
Cruzó el hirviente océano,
soñando, para su bien,
hallar un mágico edén
en este suelo lejano.
La codicia era su luz,
y traía ¡extraña suerte!
la espada, signo de muerte;
signo de vida, la cruz.
¿De vida? No . . . ¡Horrible engaño!
Su Dios no fue un Dios clemente:
por él nuestra sangre ardiente
corrió en espumoso caño.
Sangre que, para calmar
de ese Dios la eterna gula,
fue catarata en Cholula
y en Tenoxtitlán fue mar.
Y después de tantas luchas,
Cortés tuvo, tú lo viste,
tan sólo una noche triste,
y nosotros muchas. . . ¡muchas!
-Calla; tus negros pesares
comprendo y tu atroz quebranto.
Tú viste, bañada en llanto,
ruinas hechas tus hogares;
tú, con el alma hecha trizas,
viste a tu patria caer,
y al león de España nacer
de ese montón de cenizas.
Sentiste pena sin par,
dudaste del porvenir,
viendo a tus padres morir,
a tus hijos expirar;
y al ver tan dura sentencia,
tu alma al cielo pedir pudo
que el conquistador sañudo
te arrancara la existencia.
Dices que te causa horror
tanta sangre derramada;
y tu pueblo, desgraciada,
en su fanático error,
¿no vertió tanta que arredra,
matando indios a millares
en los funestos altares
de sus deidades de piedra?
-¿De piedra? Sí; el castellano,
al ver a un dios de granito,
llamóle infame, maldito,
y lo destrozó inhumano;
y al de plata u oro hecho
por la tosca indiana diestra,
con mayor fe que la nuestra
adoraba satisfecho.
-Ese odio que muestras claro,
¿es justo en el indio? No.
Si en la conquista sufrió,
la religión fue su amparo.
Mira el contraste que alcanza
a ver hoy mi fantasía:
aquí dolor y agonía,
allí paz y bienandanza;
de un lado, de los cañones
el trueno, ayes y gemidos,
y el otro, confundidos,
mil himnos de bendiciones!
Primero, rencores vanos,
odio a muerte nunca visto;
luego los dogmas de Cristo
que a todos hacen hermanos.
Frente a humo del combate
que al sol roba sus fulgores,
de incienso nube de olores
que sus blancas alas bate.
Responde al rudo clarín
de una iglesia la campana,
y roza humilde sotana
las mallas del paladín.
Mira correr a torrentes
la sangre por rojo abismo,
y las aguas del bautismo
limpias, puras, transparentes.
Cerca del cuartel, la ermita;
del cadalso, el hospital;
allí rencor infernal,
aquí caridad bendita.
Si ese de valor blasona,
éste el hierro le arrebata.
¡Junto al soldado que mata
está el fraile que perdona!
- Un crimen fue la conquista,
y la hicieron sin razón. . .
- ¡La fuerza y la religión!
Nada hay que ante ellas resista.
-¿Por la fuerza?. . . ¡Y eso pasa!
¿Y hay quien se atreva a hacer tal?
- El destino es ley fatal:
¡si halla obstáculos, arrasa!
-Hoy Anáhuac triste llora.
-Anáhuac feliz será.
-¡Su verdugo España es ya!
-España es su redentora.
-Mas parte ya. . . Me hace daño
tu tez blanca. . . Vete! Vete!
-¿Por qué?
-¡Porque me acomete
hoy un sentimiento extraño!
Tu planta holló inadvertida
este lugar; hasta mí
llegaste, sin ver que aquí
corre gran riesgo tu vida.
Aquí ignorada existía,
mi guarida aquí hice yo,
y nadie venir osó
hasta la presencia mía.
Envuelta en duelos impíos
lloré en esta sepultura
de mi patria la amargura
y la muerte de los míos.
¿Cómo llegué aquí? No sé. . .
Huyendo de la batalla:
mi morada aquí se halla;
mi tumba aquí encontraré.
Algunos de mis hermanos,
ansiando la libertad
y temiendo la crueldad
de los fieros castellanos,
forman mi acompañamiento.
Amplio aquí es nuestro horizonte.
Palacio nos brinda el monte;
suelo y fieras, alimento.
Siempre oculta entre dolores,
la luz del sol me da miedo,
firme resistir no puedo
el raudal de sus fulgores;
porque ¡ay! si su placentero
rayo buscara, vería
una tierra que era mía
y que hoy es de un extranjero.
Más cuando la noche llega,
lenta, grave, tenebrosa,
y el mundo entero reposa,
entonces, de llorar ciega,
en silencio aterrador,
siempre en guerra, nunca en calma,
siendo que rasga mi alma
el aguijón del dolor;
y desesperada, loca,
corro, y lanzan sin sosiego
mis ojos llanto de fuego,
y ayes que hielan, mi boca.
Es el silencio mi anhelo,
la soledad es mi amparo,
son las tinieblas mi faro,
las lágrimas mi consuelo.
Pero tu rostro español
al ver, algo en mi odio cedo. . .
¡Y tengo a tus ojos miedo
como tengo miedo al sol!
-Soldado soy; poco ha
que llegué a la Nueva España,
y libre de torpe saña
mi pecho tranquilo está.
Yo no soy de esos crueles,
como tu enojo les nombra,
que de muertos sobre alfombra
se ciñeron mil laureles.
Nadie que fui se presuma
con Hernando, el varón fuerte
que entre grillos dio la muerte
al infeliz Moctezuma.
Ni en pos de rico botín,
del honor ahogando el grito,
causé tormento inaudito
al bravo Guatemotzín.
-¿De veras? Grande te veo!
- ¿Me aborreces?
- No.
-Tu mano.
-(¿Qué pasa en mi? ¡Hondo arcano!
¡Ilusorio devaneo!)
- Mas, ¿qué tienes? ¿qué te altera?
¿Por qué tu mano se crispa?
-¡Pienso que basta una chispa
para encender una hoguera!
-¿Y esa chispa?
-Ya brotó.
- ¿La hoguera?
- ¡Fuego vomita!
-¡Te comprendo!
- ¡Quita! ¡quita!
- Tu mano.
- ¡No!
- ¿Por qué?
- ¡No!
- ¿Por qué no te oigo sereno?
Ven a mí; calma tu afán.
- ¡No eches más fuego al volcán
cuando ya hierve su seno!
¡Por qué llegaste atrevido
a mi retiro lejano?
¿Por qué, dí, alcanzó tu mano
de el águila el alto nido?
Al mirarte embebecida
siento algo que mi alma llena. . .
¡Yo no sé si es dicha o pena!
¡Yo no sé si es muerte o vida!. . .
- ¡Vida!
- No sé. . . me parece. . .
-¿Sentiste la chispa?
- Sí.
- También yo.
-¡Ay de tí y de mí
si voraz la hoguera crece!
Tengo un no sé qué. . . ¡Me hundo
bajo una gran pesadumbre!
-¡Sólo un átomo de lumbre
puede incendiar todo un mundo!
-Tu atracción me causa horror. . .
¡Huye! Tocarme no intentes.
-¿Sabes el fuego que sientes
cómo se llama?. . . ¡Amor!
-¡Calla! Tu labio no empuje
mi anhelo. . . ¡No digas nada!
¡La chispa está en tu mirada!. . .
¡La hoguera en mi pecho ruge!. . .
Mas ahogaré, claro es,
lo que hoy en mi ser germina:
¡Yo no seré otra Marina!
-¡Ni yo soy otro Cortés!
Di, ¿no te causa ansiedad
el salir de este desierto?
¿No ves que hay un mundo abierto
donde impere tu beldad?
Será tu mirar de diosa
de mil galanes el norte;
no dudes, hasta en la Corte
te admirarán por hermosa.
Y a temer no llegues nada
del guerrero castellano:
te dará apoyo mi mano;
te defenderá mi espada!
-¡No más! ... Ya pierdo la calma.
Tu mirar luce y me ciega;
tu acento vibra y me llega
a lo más hondo del alma.
¿Lograrás que mi fe baje?
¿Calmarás de mi odio el grito?
¡Mira que lucho y me agito
como una leona salvaje!
De pronto mi piedad cesa:
te miro, y mirarte quiero,
con el mismo gozo fiero
con que el tigre ve su presa:
anhelo tu pecho abrir,
tus entrañas desgarrar,
quiero tu sangre chupar,
en tu dolor sonreír,
y cuando ya emprendo el salto
para caer sobre tí,
no sé lo que pasa en mí:
te contemplo alto, muy alto!
¡Y me encanta el fuerte brillo
que hay en tu mirada ardiente,
cual fascina la serpiente
a ligero pajarillo.
Mezcla de cordero y hiena,
ni yo comprendo mi instinto;
un sentimiento indistinto
a otro en mi pecho refrena.
Eres de la lid testigo
que en mí rebramar se siente...
¡Si juegas con el torrente,
puede arrastrarte consigo!
-¿Qué me importa? Nada alcanza
a apagar todo mi fuego.
Ante tí yo me doblego;
tu vista a un edén me lanza.
¿Es del cielo o infernal
tu ser, propicio o nefando?
¡Estoy loco en tí mirando
algo sobrenatural!
Ven; fuera tengo un corcel
veloz como el pensamiento;
sobre las alas del viento
los dos iremos en él.
¿Dudas? Tu gesto altanero
me amenaza y desespera.
¿Alienta aún la pantera?
¿Huyó espantado el cordero?
¿Me aborreces? Toma, pues,
mi daga; hiere con ella.
Amame, y beso tu huella:
hiéreme y beso tus pies.
Muerto, acallo tu rencor.
Vivo, alegraré tu suerte.
¿Quieres existencia o muerte?
¿Qué anhelas? ¿Luto o amor?
-¿Quién hay que a tu voz resista:
¡ah! por piedad, ¡calla! ¡calla!
Siento que mi frente estalla
y que se apaga mí vista.
¿Quieres que mi afán se aquiete?
¿que aquí no me vuelva loca?
Pues sella, impío, la boca.
¡Vete! . .!vete! -. . . !vete! .. ¡vete!. . .
-Adios, pues.
-Déjame a solas.
-Para siempre.
-Sin tardanza.
(Siento un mar que hierve y lanza
a mi cerebro sus olas).
-Adios. En mi alma no anida
más la esperanza de verte.
-¡Húndase el odio que es muerte,
y brote el amor que es vida!
Sí; yo siento que es amor
con lo que hoy a tí me enlazas.
Hoy aquí mismo dos razas
se funden a su calor.
Yo siento que en él me abraso;
tras él mis anhelos van.
¡Nace en mí como huracán
que todo troncha a su paso!
Mas ya de ver luz es hora;
la obscuridad ya me espanta:
quiero mirar cuál levanta
su antorcha sin par la aurora,
encantarme en su arrebol
y en su transparencia clara.
Si ya te vi cara a cara,
¿qué me importa ver el sol?


Así el amor entre la hermosa india
y el arrogante mozo castellano
crece sin respetar los valladares
que impedir puedan su intranquilo paso.
Ni el cariño inocente de María
pone dique al anhelo de Fernando,
ni el odio de la raza es en Zitlali
a su pasión irresistible obstáculo.
Júzganlo ellos así... Mas, por ventura
¿su amor no será sólo fuego fatuo
que, si ilumina, extínguese al momento,
dejando obscuridad y desencanto?
¿No puede ser capricho de un instante,
ilusión que disipa el tiempo vario,
nubecilla que el viento hace girones,
sueño que se evapora, dulce engaño?
Quizá... ¡tilas no! ¿Oísteis los bramidos
que en su cólera lanza el Océano
azotando a la tierra con sus olas,
con sus aguas las nubes salpicando?
Pues más potente rebramar se oye
de esa pasión el eco soberano.
¿Visteis rasgar los encendidos aires,
hijo de la tormenta, el ígneo rayo,
para imprimir el cárdeno destello
de su gigante chispa en el espacio?
Pálido y débil es fulgor tan vivo
de ese amor con el brillo comparado.
Del aquilón a impulsos, en el bosque
furioso arroja el corpulento árbol,
al sacudir su secular melena,
como un himno de cíclopes su canto,
no más atronador que ese que brota
de aquel afecto loco por los labios.
Alzase majestuosa y solitaria
montaña altiva en extendido llano,
hasta esconder en la región del éter
su cima que a los ojos causa espanto;
pues así la sublime idolatría
de los dos se levanta alto, muy alto.
¡En el mundo nada hay que extinguir pueda
ese volcán abrasador, titánico!

Llora sin cesar María
de su amante la mudanza.
¿Dónde están los juramentos?
¿Dónde las promesas santas?
¿Así premia el fementido
a quien sin doblez le ama?
¿Así cumple un caballero
cuando empeña su palabra?
¡Ay! la niña entre suspiros
siente morir su esperanza.
¿En dónde está la alegría
que sus risas y su charla
derramando iban en todos
los ámbitos de la casa?
¿En dónde están sus cantares?
¿Dónde las sabrosas pláticas?
¿Dónde los frescos colores
que eran gloria de su cara?
¡Ay! que siente la doncella
que la vida se le acaba,
poco a poco, lentamente,
como se extingue una llama,
porque penando la deja,
porque abandona la estancia
desde antes que el sol se esconda
detras de la Mujer Blanca ,
y vuelve hasta que calientan
los rayos de la mañana.
¿Qué va a buscar a deshora?
y afuera el dueño de su alma?
La doncella no lo sabe
y en conjeturas se abrasa.
Pregunta, mas el mancebo
su incertidumbre no aplaca.
Decide por fin un día
poner término a sus ansias,
y cuando se va Fernando
según su costumbre diaria,
sale tras él, y le sigue
sin temor, a donde vaya,
sin llevar más compañía
que la imágen sacrosanta
del Cristo que fray Toribio
colgó a su cuello. La marcha
emprende, por ver a dónde
lleva Aguilar sus pisadas.
Ninguno la vió salir:
Diego ocupado se halla,
Fray Toribio y Salmerón
planes y proyectos fraguan,
y nadie el paso a María
cierra. Con ligera planta,
sin que note el capitán
su presencia, la distancia
devora al par que su amante,
y, ya la noche avanzada,
llegan al sitio en que al joven
la hermosa Zitlali aguarda,
Amedrentada María,
al ver la cueva, se para,
mas distingue que está dentro
una mujer que entrelaza
sus brazos al derredor
del cuello de Aguilar...
¡Cuánta zozobra siente la niña...!
Observa... oye... y la mata
el dolor cuando a su oído
el viento lleva en sus alas
el dulce rumor de un beso
que el corazón le desgarra.
No espera más: entra, ruge
como una fiera acosada,
pues los celos ira engendran,
y ella celosa se halla.
Fernando la mira entrar
y la turbación le embarga;
Zitlali mira confusa
aparición tan extraña,
todos presienten que algo
terrible allí se prepara.
La española al capitán
ingrato e infame llama,
le recuerda sus promesas
y con su rival se encara
diciéndole que Aguilar
simboliza su esperanza,
que antes de mirarle en brazos
de otra mujer, arrostrara
los martirios más cruentos
la muerte más amarga.
Pide explicación la india
a Fernando, pero nada
dice éste, que su conciencia
grita, mas sus labios callan.
Zitlali siente que en olas
a su cerebro se lanza
toda su sangre... sospecha
que aquel mancebo la engaña
porque prefiere a esa joven
que es tan hermosa y tan blanca.
Está de cólera ciega...
va hacia Fernando ... le saca
el puñal del cinturón
y, llena de encono y rabia,
con la rapidez del rayo
en la española lo clava,
y sale a llamar afuera
a los indios, que se lanzan
a su encuentro por saber
qué es lo que Zitlali manda,
En el suelo se desploma
la niña, y la sangre mana
de la herida; el capitán
en sus brazos la levanta,
en el corcel deposita
la dulce y doliente carga,
y con ella hacia el mesón
emprende veloz la marcha.
Zitlali a los indios dice
que el corazón le acibara
el mirar que el castellano
nunca la amó ni la ama,
que todos sus juramentos
han sido huecas palabras,
pues que también a María
prometió firme constancia,
y les ordena que de ambos
tomen sangrienta venganza.
¡Así el amor de Aguilar
juzga Zitlali patraña,
y es que los celos impiden
mirar las verdades claras!
Ellos tras los fugitivos,
cual torbellino, se lanzan.
Es ya más de media noche;
ni un astro fulgor derrama:
sólo hay pavor y tinieblas
en la senda solitaria.
Por fin., alcanzarles logran
ya cerca de la posada,
y entre ellos y el capitán
reñida lucha se traba,
en la que al fin el segundo
su postrer suspiro exhala.
Los vengadores después
a la española rematan,
y, satisfechos, callados,
honda sepultura cavan;
los cuerpos en ella arrojan;
se van, y el misterio guarda
el funesto desenlace
de aquella aventura trágica.

Han transcurrido los años
y ya no está yermo el sitio
donde Diego construyó
su posada, pues han ido
llegando muchas familias
para poblar el recinto
de la ciudad que promete
un crecimiento florido.
También la posada aumenta,
pues, si fué humilde al principio,
su dueño quiere trocarla
en mesón más amplio y limpio
en lugar algo distante
del que ocupaba el antiguo,
y manda echar los cimientos
para alzar un edificio
donde encuentren los que viajan
siquiera hospedaje digno.
Los operarios comienzan
a trabajar con ahínco,
mas a poco de ahondar
la tierra, con terroríficos
semblantes al posadero
se presentan; están lívidos
de terror y le dan cuenta
de que enterrados han visto
restos humanos, los cuales,
a juzgar por los vestidos,
parecen de un militar
y una mujer. Al oírlo
se estremece Maese Diego.
Sin vacilar corre al sitio
indicado, y queda mudo
de espanto al ver confundidos
con los huesos de Aguilar
los de su hija. Es el Cristo
que Fray Toribio a Maria
regaló ha tiempo, solícito,
el que en torno de las vértebras
por un cordón está fijo.
Lo toma... lo ve... lo palpa...
No cabe duda... es el mismo.
Son los restos de la hija
cuya ausencia su martirio
causó... ¡por la que ha llorado
tanto aquel padre afligido!
Siente que el suelo se hunde,
que en torno se hace el vacío,
y lanzando un "¡ay!" doliente,
se desploma sin sentido,
contra su pecho apretando
aquel viejo Crucifijo.

Y, para dar testimonio
a los subsiguientes siglos
de aquel horrible suceso
que a los honrados vecinos
de la naciente ciudad
causó un espanto inaudito,
el mesón de Maese Diego,
edificado en un sitio
de la calle que después
de Mesones llevó el título,
hasta hace muy poco tiempo
se llamó Mesón del Cristo.