La calle de las Bellas
por Eduardo Gómez Haro



Los que en pos de la forma novelesca,
de otros siglos buscáis la poesía,
una fúnebre historia oíd que fresca
mi memoria conserva todavía.

Historia en que hay hermosas, libertinos,
bailes alegres, ósculos amantes,
y que leí en polvosos pergaminos
de un bibliófilo antiguo en los estantes.

Con los encantos
que siempre ostentan
las que son lindas
y aún se encuentran
en los albores
de la existencia;
poniendo presos
entre cadenas
a cuantos miran
su gentileza;
en todas partes
donde hacen fiestas;
en los paseos,
en las verbenas,
las procesiones
y las comedias,
Berta y Elodia
son las primeras;
las dos hermanas
más pizpiretas
de cuantas viven
en esta tierra.
En diversiones,
sin darse tregua
pasan las horas
de su existencia.
Todas las noches,
ante sus puertas
hay serenatas
y cantinelas,
pues mil galanes
amantes penan
y se desviven
sólo por ellas;
y las adulan
y las obsequian,
siempre pintándoles
su pasión férvida.
Al verse objeto
de tan extremas
demostraciones
de preferencia,
las dos hermanas
están muy huecas.
A los suspiros,
a las endechas,
responden dando
miradas tiernas
a los mancebos
que las cortejan.
y así, con todos
siendo benévolas,
encienden celos,
provocan negras
rivalidades,
y hasta suena
que dan motivo
las dos coquetas
a que reluzcan
en mil pendencias
armas mortales,
que con frecuencia
en sangre ponen
tintas las piedras
de aquella calle
donde se encuentra
la perfumada
mansión risueña
que habitan solas
ambas estrellas.
¿Solas? no tanto,
pues cosa cierta
es que reciben
a cuantos llegan
a tributarles
por su belleza,
ciego homenaje
dulce obediencia.
A todas horas
frente a sus rejas,
adoradores,
ansiando verlas,
hacen sus cuartos
de centinelas.
Y tantos mozos
en la casa entran
a visitarlas,
que más se cuentan
por centenares,
que por docenas.
En mil habillas
picantes ruedan
de boca en boca
Elodia y Berta.
¡Qué historias dicen
las malas lenguas,
tan maliciosas,
tan indiscretas!:
que las dos pasan
noches enteras
en compañías
no muy honestas.
Y tales cuentos
al aire sueltan,
y luego tanto
las dos se empeñan
con sus locuras
en dar materia
para los chismes
esos que ruedan,
que éstos a diario
más se acrecientan.

Una mañana,
cuando su aérea
ventana abre
la aurora apenas,
las dos hermanas
el baile dejan;
ambas ahitas
de vino y cena.
Hacia la casa
van ya de vuelta,
y al lado suyo,
y armando grescas,
mozos alegres
y calaveras.
¡Qué risotadas
las que resuenan!
¡Qué juguetonas
van las parejas!
Las pocas gentes
que a esa hora dejan
el tibio lecho
y pasan cerca
del bullicioso
grupo, no aciertan,
al contemplarlo.
si son aquellas
lindas muchachas
y esos troneras
ebrios que salen
de una taberna,
o bien dementes
que sin conciencia
prodigan risas
gritos y muecas.
En esto pasan
frente a la Iglesia
de la doctora
Santa Teresa,
y al ver la humilde
fachada austera,
las dos hermosas
el brazo sueltan
de los galanes,
y con ligera
planta, burlonas
ambas se acercan
al zaguán amplio
por donde se entra
en el convento.
Llama allí Berta;
la gruesa aldaba
tres veces suena.
-¿Quién es?-pregunta
dentro una hueca
voz temblorosa
que ser demuestra
de alguna asmática
hermana vieja.
-Madre-, muy grave
dice la bella,
-pida a los cielos
por dos enfermas
que en lecho triste
sufren y penan,
y que, si no hace
la Providencia,
un gran milagro
es cosa cierta
que hoy mismo mueren
y las entierran.
-Descuide, hermana;-
dice la seca
voz temblorosa
de la portera;
-en este instante
diré sus penas
a las monjitas,
y con presteza
mil oraciones
al Dios que reina
piadoso y justo
sobre la tierra,
pedirán luego
salud completa
para esas pobres
que desesperan
de hallar alivio,
y ya de cerca
ven a la muerte,
cuidado pierda.-
Atronadoras
risas corean
las de la hermana
frases postreras.
Siguen andando;
todos comentan
esa oportuna
burlona idea
y aquel engaño
locos celebran.
Por fin a casa
de las risueñas
y juguetonas
hermanas llegan,
y al despedirse
ya en la escalera,
dicen alegres
Elodia y Berta:
-Aquí mañana
tendremos fiesta;
que no nos falte
vuestra presencia.
Muy formalmente
damos promesa
de que habrá canto,
vino y orquesta.
-¿Faltar nosotros?-
¡Locura fuera!-
Y al decir esto
salen, se alejan;
las dos hermanas
suben, se acuestan,
piden al sueño
descanso y fuerzas,
y al adormirse
aún se acuerdan
de aquel bromazo
de las dos muertas.

Pasa el día. En la noche
se acercan los invitados:
los más, a pie, apresurados;
otros, los menos, en coche.

Llegan, pero nadie pasa
y quédanse en la escalera,
pues ni un indicio siquiera
de festejo hay en la casa.
A ninguna gente ven;
llaman: más no abren la puerta.
Lo probable es que ni Berta
ni su hermana dentro estén.

Ni un ruido en derredor,
ninguna luz en los postigos.
¡Dejar así a los amigos
solos en el corredor!
Y mientras a Berta y Elodia
censuran engaño tal,
suena un canto funeral
como responso o salmodia.

Y creen que por diversión
quieren aquellas sirenas
con fúnebres cantinelas
dar principio a la función.

Celebran todos la broma
y llaman más y más fuerte.
Pero aquel canto de muerte
incremento mayor toma,

y ninguna voz contesta;
cerrado hasta el camarín,
y a comentarios sin fin
esa situación se presta.

Hartos de tanto esperar,
fuerzan una cerradura
y... ¡qué cuadro de pavura
contemplan en ese hogar!...

Aunque afuera no salía
claridad del interior,
ocho cirios su fulgor
dan a aquella estancia fría.

E inmóvil el blanco pecho,
Berta y Elodia sin vida
están, cada una tendida
sobre el lino de su lecho.

¿Será broma? ¿Será cierto?
Les hablan... ¡Silencio augusto!
¡Qué lívido el ancho busto!
El talle altivo, ¡qué yerto!

Están muertas... muertas... ¡Sí!
el pulso no late... ¡No!
Pero, ¿qué drama ocurrió
ha pocas horas allí?

¿Quién imprimió mortal sello
en esos vivientes lirios?
¿Qué mano encendió los cirios
que vierten mustio destello?

¿Quiénes lanzaban el canto
fúnebre como lamento,
si se halla cada aposento
tan sólo que causa espanto?

Nunca aclarar pudo aquellas
dudas humano criterio,
y sigue hasta hoy el misterio
de la Calle de las Bellas.