La calle de la Calavera
por Eduardo Gómez Haro



En dulce monotonía,
sin sobresaltos violentos,
en año de mil seiscientos
cuarenta y nueve corría.
La ciudad no sacudía
su constante postración;
y entre toques de oración,
nunca su paz patriarcal
ni su aspecto conventual
Dejaba la población.

Todo era doquier quietud:
de queda el toque al sonar,
sepultaba en el hogar
sus bríos de juventud;
la clausura era virtud
a quien nadie daba ultrajes,
y en los públicos parajes
no atronaban el ambiente
ni el bullicio de la gente
ni el rodar de los carruajes

Jamás se oyó, de la luna
Al tibio rayo de plata,
que en amante serenata
cantara alguien su fortuna,
No turbaba voz alguna
el silencio funerario;
tan solo se oía a diario,
en la noche muda y honda
las pisadas de la ronda,
fiel guardián del vecindario.

Tranquila era la existencia
en esa edad virreynal
lo mismo en la capital
que en lejana residencia.
Y enseñaba la experiencia
que era una cosa harto rara
ver que el orden alterara,
cual febril sacudimiento,
algún acontecimiento
que escándalo provocara.

Más ¡ay! el tirano amor,
que caro sus dichas cobra,
prepara inicua obra
de exterminio y de dolor.
Con sigilo engañador
infernal trama tejía
para matar la alegría
de un hogar todo bondad,
y esparcir por la ciudad
desolación y agonía.

Modelo de hombres de honor
por honrado, caballero,
y católico sincero,
era el marqués de Alba-Flor.
Su caudal era el mayor;
su casa la más suntuosa
la consorte más virtuosa
era su consorte bella
y su hija la doncella
más amable y más hermosa.

Don Juan de Ibarra, el marqués
de fortuna tan notoria
era un anciano de historia
rebosante de interés.
Contaba ya ochenta y tres
años de edad, más en vano,
pues conservaba su mano
tal firmeza y energía,
que cual doncel esgrimía
fuerte acero toledano.

Nacido en Extremadura,
de otros nobles en compañía
joven pasó a Nueva España
donde halló dicha segura.
De varonil apostura,
bravo, decidor, jovial,
en la cúspide social,
fue impecable solterón,
hasta que ya sesentón,
se rindió al lazo nupcial.

Fruto único de esa unión
con doña Inés de Torroella,
fue la encantadora Estrella
un ángel de bendición.
Por su noble condición,
por su virtud ejemplar,
por la hermosura sin par
de sus veintitrés abriles,
admiradores a miles
la rondaban sin cesar.

A lides de amor ajena,
en la edad color de rosa
jamás anheló otra cosa
que el rosario o la novena.
Nunca respondió a la pena
de tenaz adorador,
hasta que el hado traidor
conocer hízola al fin
a don Alberto Rubín,
de galanes nata y flor.

Fue un memorable día
de grata festividad:
por doquiera la ciudad
engalanada lucía;
la gente se dirigía
vistiendo el traje mejor,
con bullicioso rumor
y en correcta compostura,
más con marcada premura,
hacia la Plaza Mayor.

La Catedral, que hasta hoy goza
de fama bien cimentada,
iba a quedar consagrada
por Palafox y Mendoza.
El pueblo, que se alboroza,
al ver pompa y brillantez,
buscaba la esplendidez
de las ceremonias graves,
y las anchurosas naves
llenaba con avidez.

Comenzó desde temprano
la regia solemnidad
con toda la majestad
propia del culto romano.
En torno del diocesano,
formando cuadro imponente,
se encontraban el Teniente
de Capitán, regidores,
frailes, clérigos, señores,
y gran concurso creyente.

Ante el altar del Perdón,
puesta de hinojos, Estrella,
la noble y gentil doncella,
alzaba tierna oración.
Su singular devoción,
su modestia celestial,
dábanle un aspecto igual
al de esas madonas puras
que ostentaba en sus pinturas
la flamante catedral.

Alberto fue a ese lugar,
más que devoto, curioso,
y quedó ciego y dudoso
ante ese rostro sin par.
Ella miró, por azar,
a su apuesto admirador;
mezcla de asombro y candor,
quedó en su faz retratada,
y fue esa mutua mirada
germen de infinito amor.

Desde entonces, con afán,
lleno de pasión creciente,
en pos iba diariamente
de la doncella el galán.
Ella creyó que Satán
tentaciones le ponía
al ver que en su alma surgía
desconocida afección,
y auxilio a la Religión
demandaba noche y día.

El, que en más de un amorío
de voluble cobró fama
sin que la candente llama
le robara el albedrío,
temiendo que con desvío
pagara Estrella su anhelo,
le pintó su amante duelo
en ardorosa misiva,
red en que cayo cautiva
la beldad de ojos de cielo.

¡Con qué inefable ternura
pensó al fin la hermosa niña
que su pasión amorosa
no era una pasión impura!
soñando dicha segura
lanzábase de ella en pos,
pues la liga que a los dos
causaba divino encanto
era amor puro y santo
que inspira y bendice Dios.

Más, temiendo los enojos
del marqués, revelación
a nadie de esa pasión
hicieron sus labios rojos;
pues, anegados los ojos
en llanto, decir solía
don Juan: -“Ah! Si tú algún día
amaras a alguien que osado
te arrancara de mi lado,
lo juro, me moriría”.-

Rodrigo, criado fiel
de la casa de Alba-Flor,
sorprendiendo aquel amor,
dio a su amo golpe cruel.
súpolo don Juan por él
y súpolo en mala hora;
angustia devoradora
sintió, porque herida tal
fue, por intensa mortal;
por imprevista, traidora.

Rogó con doliente voz
mas al no conseguir nada
amenazóla feroz.
En vano; suplicio atroz
le robaba la quietud,
y minaba su salud
el pensar que iba a perder
a quien pudo dicha ser
de su mustia senectud.

El alma de Estrella, espejo
del amor, mirar no pudo
con calma, siempre sañudo
de su padre el entrecejo.
A las plantas del buen viejo
fue demandando perdón,
más no pudo hallar razón
que a su padre convenciera,
ni logró extinguir la hoguera
de su gigante pasión.

Llena de dolor profundo,
estaba en lid tan cruenta
conjurando la tormenta,
con acento gemebundo,
entre su esposo iracundo
y su Estrella, doña Inés.
Así un mes tras otro mes
iban de mal en peor,
los jóvenes con su amor,
con su cólera el marqués.

La hermosa, entre llanto y hiel,
procuraba inútilmente
que el deber de hija obediente
matara al de amante fiel.
Sin tino procede aquel
que a amor mueve lid violenta:
en vez de que, cual lo intenta,
segar pueda el manantial,
la oposición paternal
más, de fijo, lo alimenta.

Es de libertad avara
la pasión, y, harta del yugo,
llegó un día en que a un verdugo
Estrella en don Juan mirara.
Esta, anhelando ir al ara
su amor a santificar
dejó su querido hogar
¡Cuánto a Alberto no amaría,
que a su padre, a su alegría,
consintió en abandonar.

Rubín, henchido de amor,
más cristiano y caballero,
salvar quiso, lo primero,
de su futura el honor.
Sin que el de Ibarra temor
infundiérale, guardada
dejó en una casa honrada
a la que iba a ser su esposa,
mientras en mansión fastuosa
preparábale morada.

Del centro de la ciudad
en un sitio no apartado,
mas ya casi en despoblado;
por fuera todo humildad,
más dentro suntuosidad,
galas, holgura, esplendor,
estaba el nido de amor,
el coqueto camarín
donde pensaba Rubín
vivir con la de Alba-Flor.

Ansiando estaban los dos
tocar el supremo instante
en que al fin su unión amante
fuera bendita por Dios;
de sus anhelos en pos
llegó un plazo perentorio,
y en el privado oratorio
de Alberto, en nombre del cielo,
fray Benito del Carmelo
santificó el desposorio.

Fue de Estrella la partida
golpe tan abrumador,
que en el lecho del dolor
a don Juan casi sin vida
dejó, la pena homicida
lo aproximó al ataúd,
pues en su decrepitud
herido por dura garra,
perdía el marqués de Ibarra
la razón con la salud.

Presa de fiebre voraz
que su cuerpo consumía,
se agitaba noche y día
en un delirio tenaz.
Ni un solo instante de paz
mitigaba sus afanes;
con furiosos ademanes
se echaba del lecho afuera,
y una lucha verdadera
trababa con sus guardianes.

Con la faz bañada en llanto
al mirar así al marqués,
la virtuosa doña Inés
abrigaba hondo quebranto.
En su desventura ¡cuanto
lloró y cuán amargamente!
La palidez de su frente
denunciaba su pesar,
a la Virgen sin cesar
rogaba con voz doliente.

Evadir don Juan un día
consiguió la vigilancia
que con asidua constancia
por cuidado se ejercía.
Con presteza y energía
saltó fuera de la cama;
vibró en sus ojos la llama
del odio; y salióse en busca
de don Alberto y su dama.

Su agitación interior
revelando en el semblante,
corrió ciego, jadeante,
a impulso de su furor.
Daba a la gente pavor
su faz enjuta y sombría;
y por fin con alegría
llegó a la triste calleja
donde la joven pareja
su hermosa mansión tenía.

Corriendo siempre, con planta
nerviosa llegó al umbral;
rugidos de odio infernal
brotaron de su garganta.
Llamó. Le abrieron. ¡Con cuánta
satisfacción miró abierta
por su hija misma la puerta!
por su hija, a quien su figura
dejó helada de pavura,
lívida como una muerta.

A Alberto miró e impresa
quedó en su faz la expresión
malévola de león
cuando feroz se embelesa
frente a frente de su presa.
Hasta él, con lentas pisadas,
denunciando en sus miradas
de locura claro sello,
llegó, erizado el cabello,
y con las manos crispadas.

Levantó la voz bravía
y, duro e incoherente,
insúltole bruscamente
con indómita energía.
Al maldecir parecía
viva imagen de Satán;
y al fin, cumplido su afán
de increparle en voz sañuda,
descargó su mano ruda
sobre el rostro del galán.

Este ardió en indignación
ante esa mortal ofensa,
y sintió que nube densa
le turbaba la razón.
Más la anormal situación
del marqués comprendió, y, fiel
a su nobleza, el cruel
golpe queriendo olvidar,
quiso huir de ese lugar,
más don Juan corrió tras él.

Ansiaba el febril anciano
en su delirio inclemente,
de Alberto en la sangre hirviente
anegar su encono insano.
Buscando el joven en vano
ante aquella saña impía,
en qué lugar se pondría
bien a cubierto y seguro,
bajó el subterráneo obscuro
que en una sala se abría.

No se detuvo el marqués;
antes bien, hecho una fiera,
descendió por la escalera
que miró abierta a sus pies.
Vio Rubín el interés
de su ruina en la acechanza
del anciano; sin tardanza
defenderse decidió,
y cada cuál se aprestó
a desplegar su pujanza.

Formando estrecho collar
don Juan con sus brazos, pudo
en indisoluble nudo
a su contrario enlazar.
Buscó una arma que empuñar
en esa oscura palestra;
de su cinto con la diestra
desenvainó el puñal fino
y sus ojos de felino
brillaron con luz siniestra.

En su obcecación no había,
para lograrlo calmar
a su encono valladar,
dique a su furia bravía.
Por la tierra húmeda y fría
rodó, a su contrario unido,
y allá en lo más escondido
del lóbrego subterráneo,
su puñal le hundió en el cráneo
dejándole sin sentido.

Ese esfuerzo su postrera
energía aniquiló,
y vacilante subió
a tientas por la escalera.
Ya del subterráneo afuera
Estrella vióle y dio un grito;
miraba a su hija de hito en hito
con estúpida expresión,
sin saber su situación,
sin comprender su delito.

Lanzó en la estancia anchurosa
su mirada vagamente,
y prorrumpió en estridente
carcajada dolorosa.
Aquella risa nerviosa
deshízose en un lamento.
Después se extinguió ese acento,
apagóse su mirada,
y su masa inanimada
cayó sobre el pavimento.

En la casa del marqués,
al notar presto su huída,
corrió a buscarle afligida
con dos criados, doña Inés.
Por la calle iban los tres
inquiriendo con tesón,
y, por oculta intuición,
la marquesa, tras la huella
que iban buscando, de Estrella
les condujo a la mansión.

Llegaron ¡que horrible escena!
el marqués inmóvil, yerto;
y de hinojos, junto al muerto,
Estrella de espanto llena
miraba, muda de pena,
con semblante pavoroso,
hacia el subterráneo umbroso,
sin atreverse a bajar,
por el temor de encontrar
algo allí más horroroso.

De pronto impresa en su faz
quedó otra expresión distinta,
cual si ya estuviera extinta
su anterior pena voraz.
Retrató célica paz
en su mirada hechicera;
una risa placentera
plegó su labio menudo,
mas articular no pudo
ni una sílaba siquiera.

El golpe que de repente
y de manera tan ruda
la estremeció, dejó muda
a la víctima inocente;
dentro de su pálida frente
la sombra que más espanta
lanzó; y en desdicha tanta
reinar hizo el hado impío
en su cerebro el vacío,
el silencio en su garganta.

Ya no más el dulce acento
de su boca angelical
cual caricia musical
daría al oído el viento
ya no más el pensamiento
su mirada animaría:
desde aquel infausto día
iba a ser la hermosa Estrella
un ser inútil, sin huella
de luz en su mente fría.

A la paternal mansión
fue por los tres conducida
Estrella: cuerpo sin vida,
espíritu en inacción.
Adormida su razón,
sin volver a la salud,
vivía en dulce quietud
sin dichas ni desengaños,
y así pasaban los años
de su inerte juventud.

Nada se supo de cierto,
y supuso doña Inés
que había el pobre marqués
de Rubín a manos muerto;
que por salvarse huía Alberto
a otra lejana ciudad;
y en su negra oscuridad
guardó el hondo subterráneo
de aquel drama momentáneo
la terrífica verdad.

La marquesa en la vejez,
muerta su adoración única,
vestida de negra túnica,
pálida y mustia la tez;
hundida de la viudez
en el tenebroso abismo,
sufría con heroísmo,
y mientras lloraba ella,
idiota reía Estrella
sumergida en su mutismo.

Una tarde, ¡cosa rara!
brilló en su mente un fulgor;
sintió cual si de un sopor
profundo se despertara.
su memoria se hizo clara
tras tan largo desconcierto:
recordó al marqués y a Alberto
presas de homicida afán,
el cadáver de don Juan
y un nido de amor desierto.

Escuchó de nuevo ruido
que del sótano salía:
los ecos de aquella impía
lucha; después el gemido
de Alberto al sentirse herido….
miró llegar una dama:
doña Inés. Oculta llama
fue su cerebro a alumbrar,
e ir quiso a su antiguo hogar
para reconstruir el drama.

Nadie entonces le veía.
salió sin vacilación;
dirigióse a la mansión
que habitó en lejano día.
Llegó. ¿Qué sola y sombría
la casa antes bullidora!
una vieja servidora
la cuidaba, que al abrir,
sintió el asombro acudir
a ella al ver a su señora.

Estrella, sin vacilar,
llevando una luz por guía,
bajó a la tiniebla fría
del sótano. A ese lugar
no había vuelto a bajar
desde la muerte de Alberto
avanzó, y al rayo incierto,
vio un cuerpo ya descarnado
y con un puñal clavado
en el cráneo descubierto.

Dio un grito. Corrió demente
llevando el cráneo consigo,
y queriendo hallar abrigo
a su dolor inclemente….
más sin fuerzas, impotente,
fijó la vista en el cielo,
sintió de la muerte el hielo,
cayó inerte en el umbral,
y unidos cráneo y puñal
rebotaron en el suelo.

La veraz leyenda narra
que hasta el fulgor matutino
quedó allí el cuerpo divino
de doña Estrella de Ibarra
la muerte dejó su garra
impresa en el rostro aquél,
pero no fue tan cruel,
pues quedó aquella hermosura
como clásica escultura
debida a insigne cincel.

Muchedumbre numerosa
en la mañana siguiente
a la víctima inocente
acompañó hasta la fosa.
Según costumbre piadosa
hija de santo fervor,
la insignia del Redentor
se erigió sobre la puerta
en cuyo umbral cayó muerta
la heredera de Alba-Flor.

Como popular conseja,
la gente desde aquél día
horrorizada decía
que en esa triste calleja
de noche una larga queja
rasgaba el dormido ambiente
y que, inmóvil e imponente,
la calavera de Alberto
lanzaba al espacio abierto
su fulgor fosforescente.

La calle, en su soledad
triste, la señal sombría
de aquel cuadro de agonía
legó a la posteridad
Hasta hace poco, en verdad,
sufrió maldición severa,
pues habitóla doquiera
gente de pésima fama,
y hasta la fecha se llama
calle de la Calavera.