La calle de Diego Becerra
por Eduardo Gómez Haro



I
Los reverendos padres franciscanos
celebran muy ufanos,
sin trabas que restrinjan su contento
que el vecindario plácido secunda
con zambra y baraúnda,
el final de las obras del convento.

Ampliados están los claustros viejos;
del sol a los reflejos
destellan los retablos llenos de oro.
Las campanas atruenan el ambiente,
y lanza, cual torrente,
el órgano sus notas desde el coro.

Están de cirios mil a los fulgores,
plebeyos y señores
formando ante el altar compacto grupo;
y Fray Gabriel, a quien la gente llama
Pico de Oro, su fama
de buen predicador afirmar supo.

Difúndese doquier el alborozo;
no cabe en sí de gozo
el anciano guardián, el cual la idea
tiene de coronar obra tan alta
donde la fe resalta,
con otra que del arte joya sea.

En patios, corredores, oratorio,
celdas y refectorio,
se ven lienzos de ascética pintura;
bíblicos cuadros, frailes de cerquillo,
de semblante amarillo, enjutas carnes y mirada pura.

Pero no está allí todo; necesita
algo más la bendita
piedad que alienta al franciscano aprisco:
guardar, a varios lienzos trasladada,
la vida inmaculada
del Seráfico Padre San Francisco.

Es es del buen guardián el pensamiento.
en práctica el momento
con entusiasta ardor ponerlo ardía;
más requiérese artista de gran tino,
pues tema tan divino
reclama inspiración y maestría.

Pintores hay en Puebla de renombre,
y a poco tiempo un hombre
llegó, nativo de andaluza tierra,
que al arte nobilísimo de Apeles
debe los mil laureles
que ornan su altiva sien: Diego Becerra.

Joven, audaz, gallardo y pendenciero,
a más de un lance fiero
le condujo luchando su alma inquieta;
y es fama que al buscar locos placeres
profesa a las mujeres
un afecto mayor que a su paleta.

Por conquistar el femenil hechizo,
en todas partes hizo
galas de su valor y su impudicia;
en el placer encuentra norte y centro,
y en cierto rudo encuentro
dio que hacer a las gentes de justicia.

Aquella fama atroz llegó al convento
rápida como el viento,
pues no hay noticia mala que no corra;
más en ello el guardián no hizo reparo
porque es sabido y claro
que las faltas de amor el genio borra.

Por su paternidad llamado, Diego
En San Francisco luego,
inquiriendo la causa, se presenta.
A su celda le llama el religioso
y, grave y afectuoso,
en poltrona secular le sienta.

-Perdone, hermano, si venir le hice;-
el religioso dice;
-trátase de negocio que urge mucho;
queremos ciertas obras de pintura,
y fiarlas procura
el convento a un artista cual vos, ducho.

-Gracias, padre;-contéstale Becerra;
-no tengo aquí en la tierra
para ganarme el pan más que mi oficio.
si vos hoy me ofrecéis trabajo honesto
lo tomo; venga presto,
y os doy mi gratitud por tal servicio.

-¡Bien! ¡Muy bien! con sonrisa bonachona
que contento pregona,
el hijo del de Asís al punto exclama.
-Lo que a pintar ahora va su mano,
al fiel pueblo cristiano
ha de avivar la religiosa llama.

Mi humilde petición cosa es corriente:
seis cuadros solamente
en los que de Francisco la existencia,
de virtudes purísimas modelo,
con artístico celo
se ponga de sus hijos en presencia.

Ya que la voluntad es lo que sobra,
manos presto a la obra;
pero antes ponga precio a su trabajo.
Y pues se trata sólo de dar brillo
a un glorioso caudillo
de la fe, el precio al dar, diga el más bajo.

-Uno solo diré: ni tan pequeño
que juzguen que es mi empeño
presumir de modestia, ni tan grande
que asusten sus excesos.
Por seis cuadros murales, tres mil pesos.
Y empezaré, Señor, cuando lo mande.

-¡Tres mil! ¡Válgame el cielo! ¿Se chancea?
No es posible que crea
que un fraile pueda dar tanto dinero.
¡Vaya que el hermanito es exigente!
Tenga el pintor presente
que un fraile es nada más un limosnero.

-¡Cómo!, ¿Juzgáis que lo que pido es caro?
Pues digo sin reparo
que más que limosnero os juzgo loco.
No puede pedir menos quien se estima,
y oíros me da grima.
-Me faltáis al respeto, ¡Poco a poco!

-¡Pardiez! A nadie falto.
Si el precio que fijé os parece alto,
buscad en otra parte
más barato pincel. Abur. Presente
guardad bien lo siguiente:
Los mendigos no encargan obras de arte.

Si yo accediera a vuestro afán, amigo,
la cuenta que conmigo
contraerías, con menos no se salda.-
Y esto al decir, levántase ligero,
se encasqueta el sombrero,
y al anciano guardián vuelve la espalda.

-Oiga antes de marchar, dice éste;-acaso
ese orgullo a un mal paso
le lleve, y lo que hoy por menor precio
no le permite hacer su altanería,
de balde lo haga un día.
-Quizá, pero esa predicción desprecio.-

Dice, y sale Becerra,
quedándose el guardián absorto y mudo
al mirar que en la tierra
alguien de modo tal hablarle pudo.

II
Transcurre el tiempo. El pintor
no ha vuelto más a acordarse
del franciscano convento
ni del limosnero fraile.
La comunidad tampoco
piensa ya más en fiarle
la pintura de la vida
del fundador venerable;
y el olvido, como siempre,
acaba al fin por tragarse
el recuerdo nada grato
de aquel malhadado lance.
Y continúan su vida,
en aventuras galantes
Becerra, y, entre paredes,
los muy reverendos padres;
aquél buscando pendencias
sin miedo a nada ni a nadie
y éstos en rígido ayuno
y en penitencia constante.

Distraido y paseando
va el sevillano una tarde
por una de las más céntricas
y más concurridas calles.
cuando conoce a doña Ana
Ruiz de Ortega y Valladares,
esposa del Alguacil
Mayor, y de cualidades
no comunes en virtud,
en nobleza de la sangre
y en hermosura del rostro
que se parece al de un ángel.
La mira Diego, y le deja
deslumbrado aquel semblante.
Anda la dama de compras
con su doncella y su paje,
atrayendo las miradas
por su gracioso donaire
más que por la corrección
y riqueza de su traje,
pues las telas más costosas
de nada sirven ni valen
si al ser vestidas no ciñen
esbelto y airoso talle.
Doña Ana, elegante y bella;
el doncel, impresionable;
y el diablo empeñado siempre
en poner a los mortales
trampas que los aprisionen
y redes que los amarren,
hicieron de aquel encuentro
impensado se trocase
(¡misterios de la existencia!)
en semillero de males.
Sintiendo dentro de sí
anhelo de ir a postrarse
a los pies de esa beldad
y alma y vida consagrarle,
marcha el artista en pos de ella
con los ojos chispeantes
de amorosas ardentías
y eróticas ansiedades.
La sigue hasta su morada,
y su historia, con detalles,
con todos sus pormenores,
logra saber, pues no en balde
hay doblones que hablar hagan
a los menos lenguaraces.
Es doña Ana de ilustre
prosapia, de alto linaje,
y cuando apenas tenía
diez y siete navidades,
con el alguacil mayor,
noble, más de agrio carácter
contrajo, por paternal
disposición, esponsales.
Matrimonio en que el amor
no toma ninguna parte,
no da a los esposos dicha,
ni hace el lazo perdurable,
ni a los descendientes honra,
ni es unión que al cielo place.
Doña Ana a sus bodas fue,
no como quien va a casarse,
sino como quien va a echar
a un precipicio insondable
esperanzas, ilusiones,
amor, sueños ideales:
todo lo que en la existencia
ayuda al alma a elevarse,
buscando aúreos horizontes,
sobre el barro miserable.
Hogar así edificado
sin cimientos, en el aire
desde los primeros días
amenazó desplomarse.
El esposo, cual tirano,
por el terror imperante,
haciendo temblar a todos
con sus maneras brutales;
la esposa, cual sensitiva
que, por delicada y frágil,
al primer choque se cierra
y evita nuevos embates,
siempre reservada y triste,
sufre en silencio sus males,
esquivando la presencia
del que la convierte en mártir,
y aunque sospechan sus duelos,
ella no los dice a nadie.
Llora de noche y de día,
más el llanto no es bastante
a marchitar su hermosura,
pues las lágrimas que salen
de aquellos rasgados ojos
son cual rocío adorable
que, en vez de ajarlas, refresca
las rosas de su semblante.
Así han pasado tres años,
tres años lentos, mortales,
sin que la infeliz doña Ana
consiga encontrar la nave
que sobre mar bonancible
de los escollos la salve.
Todo eso lo sufre Diego
y, sintiendo hervir su sangre,
dícese: -Yo no permito
que a una mujer de tan grandes
méritos, brinde la vida
únicamente pesares.
Si calor y luz le faltan,
luz y calor he de darle:
corazón que la idolatre,
ilusiones que la arrullen,
promesas que la sostengan
y un escudo que la ampare-

III
Si Becerra en amoríos
no fuera galán muy ducho;
si no supiera esgrimir
las armas del disimulo;
si fracasaran los planes
que trama en la sombra oculto
para que su desarrollo
no logre impedir ninguno,
alguien observar podría
que de la noche en lo oscuro
la casa del Alguacil
ronda sin cesar un bulto
embozado hasta los ojos,
misterioso, grave, mudo,
negro como las tinieblas,
siniestro como un conjuro;
y un indiscreto vería
que, con tembloroso pulso,
por una ventana abierta
en la parte alta del muro,
una mano torneada
asoma sus diminutos
dedos finos, nacarados,
del blanco más blanco y puro,
y echa a la calle un papel
que el de negra capa al punto
coge y se aleja veloz,
siempre misterioso, adusto,
cauteloso, recatado,
con un movimiento brusco
subiéndose el alto embozo
cuando el viento vagabundo
con una racha violenta
hace de bajarlo impulso;
y el curioso lograría,
escondido en lo profundo
de aquellas sombras espesas,
ver cómo con paso rudo,
receloso e intranquilo,
como quien se cree inseguro
tras de cometer un crimen,
aquel fantasma nocturno,
se pierde al fin en las calles
lóbregas como sepulcros.
Pero como Diego es cauto
más que nadie serlo pudo,
y se esquiva cuidadoso
de mirones importunos,
en sus cotidianas citas
jamás un testigo tuvo;
y por la misma razón
no mira ningún intruso
aquella mano que asoma
y vuelve a ocultarse súbito,
ni al misterioso embozado
imagen de negro augurio;
y al no verlos, claro está
que nadie tampoco supo
que esa mano es de doña Ana
quien siempre recata el busto,
ni que el hombre que el papel
de carácter menudos
recoge, es Diego Becerra,
el pintor, quien, por su lujo
de precauciones que toma,
de las hablillas del vulgo
se libra, envolviendo el rostro
en las sombras del tapujo
Pero, ¿cómo aquella dama
que a la virtud rinde culto,
y en ella cifra su gloria
y en ella funda su orgullo,
la fe que juró al esposo
ve disiparse cual humo?
¿Por qué se infiere doña Ana
a sí misma tal insulto
y se despeña rodando
al abismo del perjurio?
¿Es que el mal tiene en verdad
mil tentáculos de pulpo
y que entre ellos aprisiona
con igual fuerza al estulto
y al sabio, a la mujer digna
y a la de arranques impúdicos?
Es que viene la mujer
con una misión al mundo:
amar con el alma toda,
con amor, que es luz, arrullo,
ambición, gloria, fortuna,
dulce calor, santo júbilo.
Es que doña Ana se agita
a esa ineludible ley
que en suerte a la tierra cupo,
y aunque quiere amar, cual debe,
al hombre que darle plugo
al capricho paternal,
no por esposo, pues nulo
es ese título en él,
sino más bien por verdugo,
querer no consigue nunca
a aquel ser brutal y duro,
en quien sólo ve el origen
de su terrible infortunio.
Mal avenirse podrían
en el matrimonial yugo
un ser débil, delicado,
sentimental, dulce pulcro,
y otro, mezquino, incivil,
siempre torvo y taciturno.
Preséntase ante doña Ana,
Becerra, en quien de consumo
esplenden la cortesía
y la elegancia. Producto
de su marcado contraste
entre el esposo iracundo,
como el dolor, tenebroso,
y fatídico cual búho,
y Diego, joven alegre,
apuesto, con el transcurso
del tiempo naciendo va,
como celestial efluvio,
un amor dentro del pecho
de doña Ana; hondo surco
abre en ella la pasión,
y al sentir su dulce influjo,
espántase de sí misma,
sin lograr romper el nudo
con que ella y Becerra unidos
están ya por amor mutuo.
El mancebo, que ya no
se contenta con los dúos
platónicos que en apístolas
mantienen, consigue astuto
que la dama al fin consienta
en que aquel zaguán vetusto
se abra para él de noche;
y rebosante de júbilo,
sin que entrar nadie le vea,
logra ver de cerca el fúlgido
mirar de la hermosa dama,
ceñir su talle de junco
y cubrir de ardientes besos
su fino cabello rubio.
Más aunque ocultar pretenden
de sus voces el murmullo,
a oídos del Alguacil
llega delator susurro.
Este da la voz de alerta;
los criados uno a uno
se levantan; el esposo
sorprende al amante grupo;
y la casa en movimiento
se pone toda. Confuso
rumor llega hasta la calle,
que acaba a poco en tumulto.
Gritos, voces, amenazas,
palos que van en diluvio
dirigidos a Becerra,
quien pide auxilio a sus puños,
y logra por fin salir
ileso, debiendo el triunfo
a su agilidad de piernas
y a la fuerza de sus músculos.
Inútilmente tras él
van, pues aunque es plenilunio
y hay fulgor que alumbre y guíe,
logra el seductor impúdico
esconderse a las miradas
de los que, como energúmenos,
azuzados por su amo
van en apretado grupo
siguiéndole. El Alguacil,
que quiere a los dos adúlteros
castigar, ciego de ira,
con uno de sus robustos
brazos, ciñe a doña Ana;
echa mano al aúreo puño
de su espada, y hunde ésta
en ese pecho, antes búcaro
de dulce fragancia, y hoy
mármol yerto, del que, en jugo
purpurino que al brotar
deja el suelo rojo y húmedo,
se va escapando la vida;
Doña Ana quiere huir... unos
cuantos pasos da... vacila..
ahoga un grito... da un tumbo...
y cubren eternas sombras
sus ojos antes cerúleos.
Diego, poniéndose a salvo,
por los callejones curvos
que abundan en esta época
de San Francisco en el rumbo,
al convento llega y éntrase
arrepentido y convulso,
pues Becerra sabe bien,
porque la ley lo dispuso,
que cuando algún delincuente,
buscando amparo y refugio,
se acoge a un lugar sagrado
para hallarse bien seguro,
entrar no puede a sacarle,
del rey abajo, ninguno.

IV
No desecharon los frailes
al pintor, quien cuatro lustros
vivió en una pobre celda,
como un austero cartujo,
vistiendo hábito de lego
y buscando en el ayuno
el perdón que demandaba
de sus pecados el cúmulo.
Alzaba constantemente
oración, los ojos mustios
fijando humilde en el suelo,
y recordando, con susto
por las eternales penas,
aquel hervidero pútrido
de apetitos y pasiones
que en el borrascoso curso
de su existencia azarosa
causó tan fieros disturbios.
Regenerado Becerra,
dio al convento, como fruto
de su inspirada sublime,
los seis cuadros, fiel trasunto
de la vida del de Asís,
que asombro fueron del público,
cumpliendo la profecía
que, al presumir lo futuro,
lanzó el guardián, cuando Diego,
lleno de arrogantes pujos,
lo que hizo después de balde
por devoción, no por lucro,
negóse a hacer, altanero
por menos de tres mil duros.
Y, en uno de aquellos cuadros
su retrato el autor puso,
de hinojos, rogando al cielo
por la que, amándole mucho,
halló, en vez de humana dicha,
la paz eterna del túmulo.